El misionero, una postura erótica clásica

Todos sabemos lo que es el misionero. Quizás no exista postura más tradicional que ésa en la que la mujer, tumbada boca arriba y con las piernas abiertas, recibe al hombre. Pese a su imagen de aburrida, la del misionero es una postura que, además de cómoda, resulta muy placentera. En ocasiones nos dejamos llevar por la vistosidad visual de una postura y olvidamos la finalidad principal del sexo: disfrutar y gozar de una manera que no implique el riesgo de sufrir una lumbalgia, un tirón o una contracción muscular que nos deje clavados y estatuarios en una actitud “poco decorosa”.

La postura del misionero no presenta ese riesgo, por eso hay que defenderla como un baluarte de placer frente a toda esa parafernalia de dibujos e imágenes fotográficas con la que, en ocasiones, los manuales de inspiración «kamasútrica» intentan convencernos para que nos enfrasquemos en acrobacias varias y en postureos casi de contorsionista para conseguir algo que, al fin y al cabo, puede conseguirse sin necesidad de haber dedicado los últimos meses de nuestra vida a pasar diariamente por el gimnasio para trabajar la resistencia, la fuerza y la flexibilidad de nuestro cuerpo.

¿Que la del misionero puede resultar una postura erótica un tanto reiterativa? Quizás sí, pero para eso existe la imaginación y, por supuesto, una serie de trucos que pueden ayudarnos a mejorar las prestaciones eróticas que siempre nos ofrece la postura del misionero.

Una mujer activa

Las principales variantes que pueden introducirse para mejorar el misionero se fundamentan principalmente en el hecho de que la mujer adopte una actitud un poco más activa que la que tradicionalmente parece reservarle esta postura. Que la mujer vaya un poco más allá del simple hecho de limitarse a acoger al hombre y a que éste decida el ritmo y el grado de penetración puede bastar para convertir la postura del misionero en una nueva experiencia llena de nuevos y placenteros matices.

Una de las acciones que la mujer puede emprender para extraer nuevos placeres de esta postura es la de bascular su pelvis. Ese simple movimiento bastará para que los genitales de hombre y mujer se unan más y para que los genitales de la mujer sean más estimulados. Si la mujer sube su cadera y su pelvis hacia el hombre y hace que el hombre no penetre en ella de manera excesivamente recta sino con mayor ángulo, se conseguirá que el hombre ejerza mayor presión sobre el clítoris, proporcionando así mayor placer a la mujer.

Otra variante que la mujer puede introducir en el misionero para ser más estimulada y, con ello, aumentar su excitación y su placer es la de flexionar las rodillas colocándolas sobre el pecho del hombre. ¿Qué se conseguirá con ello? Que los labios vaginales estén más juntos, lo que implicará que el pene roce el cérvix femenino, aumentándose así el placer experimentado por la mujer.

La elevación de las piernas por parte de la mujer hasta llevarlas a los hombros del hombre puede ser, también, una buena manera de mejorar la postura del misionero.

Esta tradicional postura erótica también puede ser mejorada si el hombre, en lugar de colocarse tumbado sobre la mujer, se coloca de rodillas. Para que, colocado así, la penetración sea posible, la mujer deberá encorvarse y hacer ascender su pelvis hacia el chico. Él, para completar la penetración, deberá coger a la chica por las caderas con firmeza. Esta variación de la postura del misionero ayudará a la pareja a experimentar sensaciones que nada tienen que ver con las sentidas mientras se practica el misionero tradicional.

Hay otra adaptación que, aunque parezca un poco complicada de realizar, resulta muy efectiva. En este caso la mejora del misionero se fundamenta en el hecho de que la mujer y el hombre intercambien la postura adoptada por sus piernas, es decir: la mujer las estira y mantiene rectas, prácticamente juntas, mientras el hombre abre las suyas y se coloca sobre ella para penetrarla. ¿Qué se consigue con esto? Que la vagina ejerza una mayor presión sobre el pene y que la fricción entre uno y otro sea mayor. Esto resultará más placentero tanto para el hombre como para la mujer.

La penúltima idea para mejorar el misionero consiste en estirar la mano. ¿Para qué? Para coger un cojín de ésos que acostumbran a estar en algún lugar del cuarto y colocarlo bajo la cintura de la chica. ¿Qué se consigue con ello? Hacer más accesible la vagina y colocar el punto G al acceso del pene del hombre. Éste, al penetrar la vagina, estimulará el mítico punto culminante del placer femenino y llevará a la mujer a un orgasmo más intenso y placentero.

La última idea que vamos a ofrecerte para mejorar el misionero puede ser, a simple vista, la que te resulte más chocante. ¿Te has planteado alguna vez para qué puede servirte, cuando estás practicando sexo, una esponja empapada de agua helada? ¿No? Pues te vamos a ofrecer una idea para que, gracias a esa esponja, consigas mejorar tu misionero. Coge esa esponja empapada de agua fría y colócala entre vuestros pubis. Cada vez que presiones sobre el pubis de tu chica al entrar en ella, el agua fría de la esponja escurrirá y se dirigirá hacia sus labios vaginales. Ese contraste brusco de temperatura conseguirá una cosa: que aumente el flujo sanguíneo. El cuerpo, para reaccionar hacia esa sensación de frío, bombeará sangre hacia la parte del cuerpo en que se produzca esa sensación de frío. Y ya es sabido que un flujo de sangre hacia los órganos sexuales se traduce directamente en una cosa: mayor sensibilidad. Y mayor sensibilidad es, claro, mayor posibilidad de experimentar placer. Y de eso, precisamente, es de lo que se trata cuando queremos mejorar el misionero. Esperamos que con las ideas que te hemos dado puedas conseguirlo. Si no te acabaran de convencer, puedes probar de intentar incorporar algún tipo de juguete sexual a tu misionero.