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Los efectos del alcohol

Y es que es precisamente ella, la pasión (y el aroma de aquel perfume), lo único que guardo como recuerdo de aquella noche. Una pasión que lindaba peligrosamente con una absoluta borrachera de los sentidos y que arrasó con todo recuerdo que no tuviera que ver con ella. De lo que antecedió al momento en que aquella bibliotecaria y yo estuvimos solos en aquella extraña habitación a la que me llevó y en la que nos entregamos a la satisfacción sin límites de nuestros deseos sólo conservo algo así como el esbozo de un recuerdo, cuatro trazos que apenas pueden considerarse un garabato de memoria, la anotación ilegible de la que no podemos extraer significado alguno y que nos deja sumidos en las sombras del olvido.

Imagino que en aquella taberna en la que quedamos estuvimos hablando del libro que había motivado nuestra cita. Imagino que hablamos de O y que aquella bibliotecaria demoníaca defendió con alguna historia conocida o quién sabe si vivida la teoría de que sí, de que una sumisión como la de O podía vivirse y de que el amor y la entrega en grado sumo vienen un poco a ser eso: una entrega total, una anulación de la voluntad hasta ese extremo en el que, en el libro, la voluntad de O queda anulada.

Imagino que hablamos de todo eso aquella tarde. Y digo imagino porque la memoria no me permite una licencia mayor que la de la imaginación. Si hay que culpar a alguien de eso es al alcohol, que poco a poco empezó hacer de las suyas. Lo de levantar una cortina de bruma entre nosotros dos y todo lo que nos rodeaba (los hombres que jugaban a los dardos o al billar, la mirada bovina del camarero que quedaba, como una camisa arrugada y sucia, colgada de los pezones de la bibliotecaria cada vez que se acercaba a nuestra mesa a traer una nueva cerveza) fue lo de menos. Quizá la tarea más importante que el alcohol desempeñó durante aquella charla fue la de irnos despejando de los incómodos ropajes de la vergüenza y la indecisión. No sé si a Amanda (creo que ya va siendo hora de daros el nombre de quien estaba llamada a cambiar el curso de mi vida) le pasó lo mismo que a mí o, en su caso, ella ya acudió desnuda de vergüenzas y timideces a nuestra cita.

Si he de apostar por alguna de estas dos opciones, lo haría por la segunda. No creo que en ningún momento de nuestra cita Amanda se sintiera en manos del azar. Si alguien llevó las riendas en aquella cita y en todo lo que aconteció hasta que nos separamos fue ella. Si alguien decidió en algún momento el curso que debían tomar los acontecimientos fue Amanda. Si alguien tomó una linterna y alumbró entre las sombras para señalar el camino por el que debíamos avanzar hasta que llegara la hora de separarnos fue aquella pelirroja seductora e irresistible que permanecerá por siempre en mi memoria como el fogonazo de incandescencia que en medio del camino te derriba del caballo y te hace comprender el sentido de todo, la verdad absoluta.

Aquella bibliotecaria enigmática y tentadora me había sacado de mi vida de lector anacoreta y masturbador compulsivo, me había llevado a aquella taberna y me iba a conducir a su casa para, una vez allí, iluminar unas partes de mi personalidad que yo desconocía. Las más ocultas, seguramente; pero también las más verdaderas.

Entramos en su casa desnudándonos a zarpazos. Un repelús de placer me recorrió de arriba a abajo cuando descubrí la dureza amoratada de sus pezones erectos. Quise morderlos, pero ella me empujó sobre la pared, alejándome de ellos. Yo los miraba coronando aquellos dos pechos cuya dureza ya había comprobado al quitarle la camiseta mientras ella, con una mano, me sujetaba por el cuello impidiendo que me separara de la pared. Su otra mano, hábil y ágil, desabrochaba el cinturón de mi pantalón y el pantalón mismo. Esa fue la misma mano que, por vez primera, y tras bucear en el reducido espacio de mi bóxer, contactó con la dureza erecta de mi pene.

Aquella mano entró en aquel reducido espacio dominante y triunfal, abarcó la inflamada redondez de mis testículos, los sopesó y, después, como quien tomara la vara de mando, me cogió la polla y, tirando de ella, me llevó hasta su dormitorio.

Me llevó hasta el borde de la cama. Allí se sentó y me bajó los pantalones. Con la punta de la lengua rozó levemente la punta de mi polla. Ésta se estremeció en solidaridad con el estremecimiento que yo entero sentí al comprobar todo lo que se desplegaba ante mis ojos.

Una extraña habitación

Aquello no era exactamente una habitación. O no lo era al uso. Cadenas que colgaban de las paredes, sogas, látigos, palas para practicar spanking, juguetes eróticos de todo tipo, vendas… Todo eso se desplegaba en aquella habitación que podría ser, perfectamente, una habitación de Roissy. Volvieron a mi memoria algunas escenas que había leído en Historia de O y creí que iba a morirme de deseo.

Quería atar a Amanda con aquellas sogas que parecían estar reclamando el cuerpo de una esclava. Quería dejar expuesto su coño y su culo a los caprichos de mi cuerpo. Que mi polla se la follara por detrás si eso era lo que mi polla quería. Que se metiera en su culo si ése era su deseo. Que se derramara donde ella quisiera. Qué gustazo sería ver la linda cara de la bibliotecaria salpicada de lefa. Qué placer llenarle la boca de leche calentita y que ésta se derramara por la comisura de sus labios. ¿Cómo temblarían sus nalgas cuando mi mano las golpease en el instante mismo en que mis cojones vaciaran su contenido en la estrechez dolorida y lacerada de su culo?

Pero para que eso sucediese yo debía asumir el control de la situación y hasta ese momento el control lo tenía Amanda. Era ella quien estaba mordiendo mis testículos hasta hacerme sentir casi dolor. Ella quien tiraba de mi polla hacia arriba y la pegaba a mi vientre mientras su lengua movía mis pelotas hacia uno y otro lado. Era ella quien me cogía por las muñecas, quien me empujaba hacia la pared y quien me metía la lengua hasta lo más hondo de mi garganta mientras pegaba sus caderas a las mías y frotaba su pubis contra mi polla. Era ella quien ataba mis muñecas con aquellas esposas que me sujetaban a la pared. Era ella quien volvía a arrodillarse ante mí y quien mordía la punta de mi rabo, que había estado a punto de lanzar su lechada sobre los pantalones que ella aún no se había quitado y que ahora se encogía de repente, temeroso de que aquellos dientes blanquísimos se cerraran sobre él y lo dejaran convertido en un triste apéndice arrancado del cuerpo. Era ella, Amanda, quien me ataba los tobillos a dos argollas que había en el suelo y me dejaba completamente a su merced, desnudo, con los brazos y las piernas en cruz, los genitales expuestos a su capricho, la mirada suplicante, los latidos a mil, el miedo y la excitación a flor de piel, bailando entre ellos un tango arrebatado, una lucha cuerpo a cuerpo mientras mi pene iba recuperando la erección y mi boca avanzaba desde el insulto a la súplica, desde la imprecación al “no te vayas por favor, no me dejes aquí”.

De cómo el miedo a la tortura puede resultar excitante

Y es que ella había salido de la habitación. Había desaparecido tras una puerta desde la que se divisaba un cuarto de baño. Yo intentaba distinguir algún sonido, quizás una puerta abriéndose, el ruido de un cajón al cerrarse, cualquier indicio que me hiciera suponer qué estaba haciendo la bibliotecaria, qué estaba tramando.

De repente el miedo le pudo a la excitación. ¿Y si mi bibliotecaria pelirroja no era sino una loca de atar? ¿Y si tras su seductora mirada sólo se escondía la frialdad de los psicópatas, ese toque atractivo con el que esos manipuladores desprovistos de todo tipo de empatía atraen a sus víctimas y las acercan al lugar en el que, sin temblarles el pulso y con una sonrisa de hielo adornando su rostro, les arrebatan la vida?

En aquellas circunstancias, aquella mujer podía hacer lo que quisiera conmigo. Podía meter mi polla en su boca y lamerla y succionarla hasta sentir en la garganta el salivajo incontenible de mi semen, sí.; pero también podía arrancarla de un bocado. O podía coger una navaja de afeitar y cortar mi pene a lo largo, como si fuera un frankfurt en el que verter un chorretón de kétchup o de mostaza. O podía servirse de esa misma navaja para, de un simple tajo, abrirme el escroto. O podía torturarme lentamente y con sabiduría. Bastaban cuatro cortes bien dados para permitir un lento desangrado y a mí, atado a aquella pared, no me quedaría otra opción que la de contemplar cómo el chorro de sangre se iría haciendo cada vez más grande bajo mis pies al tiempo que se me aceleraría el pulso y también la respiración y me iría notando cada vez más sudoroso y débil y acabaría exhalando mi último suspiro como si en lugar de ser yo, un masturbador compulsivo que sólo había tenido la mala suerte de leer el libro equivocado prestado por la mujer indebida y en el lugar equivocado, fuera un torero que, en una tarde de sol y bota de vino, de charanga y fiesta mayor, hubiera sufrido una cornada con dos trayectorias a la altura del muslo, cerca de la ingle, y hubiera tenido que ser atendido en la camilla abollada y casi en penumbra de la enfermería de una plaza de tercera.

Y, en cierto modo, puede calificarse como de tortura todo lo que sufrí aquella noche en manos de mi bibliotecaria.

Continuará


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