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Nunca me atrajo el lesbianismo

He buscado muchas veces la mirada traviesa de aquellos dos hermanos tan unidos en todos los alumnos que han pasado por mis aulas, pero no la he encontrado. En nadie. Sólo encontré una mirada parecida a la de aquellos hermanos en una estudiante que, todo sea dicho, era muy atractiva, una de esas jóvenes que siempre están rodeadas de moscones que les prestan los apuntes, les bailan el agua y vuelven a su casa con el rabo entre las piernas y que cuentan las horas que faltan para volver a clase y volver a ver a la musa de sus pajas mientras se la machacan hasta la extenuación. Pero mi ninfomanía, de momento, no me ha empujado al lesbianismo. Yo, hasta ahora, sólo he sentido atracción por el sexo cuando en su práctica interviene una buena polla y cuando esa polla me ha convertido en destinataria exclusiva de sus atenciones.

Yo, para gozar del sexo, necesito que una polla me ocupe la boca, el culo o la vagina. No soy exigente en cuanto al tamaño de esa polla pero sí en cuanto a su presencia y dureza. El sexo para mí es eso: una polla que se mete en mi boca, una polla que entra y sale de mi coño, una polla que se derrama dentro de mi culo, una polla que se corre sobre mis pechos o mi rostro.

No imagino mi boca hundiéndose en la entrepierna de una mujer ni la lengua de una mujer haciendo malabarismos por mi clítoris. Una imagen así ni siquiera me sirve para caldear mis pajas. Y, créanme, sé de lo que hablo. No hablo, como suele decirse, de oídas. Lo probé con una amiga una vez, hace ya muchos años, pero la experiencia fue un absoluto fracaso. Z y yo volvíamos de copas y, por no hacerle un feo y, en cierto modo, por matar una curiosidad que siempre había anidado dentro de mí, accedí a sus proposiciones. Fue en el apartamento en el que yo entonces vivía. Z se arrodilló ante mí y, tras quitarme la falda y las bragas y abrirme bien de piernas, se aplicó en la que, según dijo, había sido su fantasía durante mucho tiempo, casi desde que me había conocido: tenerme a su merced y comerme el coño. Así me lo dijo, con absoluta franqueza, y a ello decidió aplicarse con sus cinco sentidos.

No sé si fue la borrachera o no, el caso es que yo sólo sentía cosquillas, muchas cosquillas, y que me entró una risa floja e incontenible al sentir su lengua jugueteando por mis bajos. Aquella risa puso a mi amiga de muy mala leche. Recuerdo la furia con la que me tiró de los pelos del pubis y la rabia con la que me metió dos dedos, de golpe, con fuerza, como si en lugar de querer regalarme un momento de placer quisiera castigarme de algún modo.

Z movió con ímpetu los dedos, sin atender ni por un instante a mis palabras, que, entremezcladas con los restos de risa que aún me quedaban, le pedían que, por favor, parase de una vez. No lo hizo. Es más: aumentó el ritmo infernal con el que movía los dedos dentro de mi coño, que se había quedado repentinamente seco. Aquello dolía. Y cada vez dolía más. Y aquel dolor, yo lo sabía, no se revertiría en ningún momento en algo lejanamente parecido al placer. Yo, aquellas alturas, tenía la suficiente experiencia y conocía mi cuerpo lo suficiente como para saber que en ningún momento aquello que mi amiga estaba haciendo con mi coño acabaría produciéndome placer.

Recuerdo el empujón que, con mis pies, di sobre los hombros de mi amiga al sentir lo que entendí como una agresión, algo que en modo alguno tenía que ver con disfrutar del sexo. “Que pares de una puta vez te he dicho, tortillera de los cojones”, le dije. No pudo perdonarme. Nunca. Fue sin duda una pena perderla como amiga y sin duda también un placer el follarme a su marido cuando Z, la que durante un par de años había sido mi íntima amiga, decidió casarse y potenciar la vertiente más tradicionalmente femenina y heterosexual de lo que ella siempre había proclamado que era una bisexualidad perfecta.

El desahogo de la masturbación

No me considero una persona especialmente melancólica. Si recuerdo ahora a Z, a mi primo, a K o a esos vecinos sin nombre (en la amalgama de los cuerpos no llegué distinguirlos, sí aprendí a distinguir sus pollas, una más corta y gruesa, la otra más larga y delgada, en eso no eran tan gemelos, tampoco en el ímpetu al penetrarme) es porque el devenir de mi confesión, esta especie de autorretrato erótico que estoy escribiendo quién sabe si con la intención de autoexplicarme, quién si con la de justificar y argumentar anticipadamente todas las explicaciones que tenga que dar un día ante un juez o una jueza (espero que, si toca esta segunda opción, la magistrada en cuestión no sea madre de un adolescente) así lo exige.

El encontrar en el rostro de mis alumnos las facciones de algunos de los amantes que pasaron por mi vida me permite sumergirme es, en el fondo, la única melancolía que me consiento, la de recordar cómo un amante me mordía la nuca o me tiraba del cabello mientras me cabalgaba por detrás, la de volver a sentir sobre el pecho el agua que en la ducha caía sobre él mientras, arrodillado ante mí, mi amante de turno lamía y relamía mi coño; la de rememorar en la boca la embestida de una polla que más pronto que tarde me dejaba las encías, los dientes y los labios embadurnados de semen; la de evocar en las nalgas los dedos como garfios de algún amante que se aferraba a ellas antes de precipitarse, derretido, culo adentro…

Cualquiera de estos recuerdos, cualquiera de esas asociaciones de ideas entre las facciones de un estudiante adolescente y una escena íntima de mi ayer hace que ahí mismo, en medio de la clase, mientras explico por ejemplo cómo Leonardo consiguió plasmar de manera magistral el sfumato o cómo Picasso fragmentaba líneas y superficies para realizar sus cuadros cubistas, sienta un súbito endurecimiento de mis pezones y un repentino humedecimiento de mi vagina. Ésta, empapada por los flujos que de ella manan, se convierte en apenas un instante en coño palpitante, en vulva en ignición que exige un buen meneo, en conejo ardiente que demanda una pronta intervención que aquiete su excitación y sacie su sed.

En dichas situaciones, cuando siento esos repentinos ataques de cachondez, suelo encerrarme en mi despacho de profesora de Historia del Arte o ir directamente al lavabo para meterme los dedos con desesperación febril. En algunas de esas ocasiones ni siquiera me bajo las bragas. Me gusta meter mi mano bajo ellas, notar en la punta de mis dedos la caricia del césped recortado de mi pubis, pensar que la mano que hurga bajo mis bragas es la mano de algún amante imaginario y alcanzar al fin con la punta de los dedos la carne nacarada y húmeda de mi coño. Me basta recorrer lentamente sus labios varias veces para sentir cómo se esponjan, cómo se hinchan, cómo se vuelven extremadamente sensibles. A veces, cuando estoy muy caliente, cuando la imagen llegada desde el ayer se me ha hecho muy palpable, me basta con eso para correrme. Otras veces necesito ir más allá de ese territorio nacarado. Es entonces cuando acaricio mi clítoris o meto mis dedos dentro de mi coño para, finalmente, alcanzar ese éxtasis que me deja con el aliento entrecortado, el pálpito acelerado y los dedos impregnados de un néctar salino que me gusta lamer lentamente como si me hubiera doblado sobre mí misma y estuviera saboreando mi propio coño.

Continuará


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