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Una ducha lésbica

“Nos acabamos la botella y nos fuimos a casa. Riendo. Cogidas del brazo como habíamos hecho tantas veces. De vez en cuando una de las dos gritaba: ¡por los coños mojados! Y nos echábamos a reír. Yo, para qué negarlo, llegué a casa un poco caliente. No, borracha, no; caliente, mojada, con ganas de marcha, cachonda… Mientras me desnudaba, recordé la conversación con Susana. Mi imaginación puso una lengua en mi coño y éste se humedeció más aún con un repelús de deseo. Decidí darme una ducha. La ducha, además, me ayudaría a quitarme el olor a tabaco que había quedado enganchado a mi piel y a mi pelo. Me desnudé y me metí bajo el chorro de agua templada. No tardé en llevar la alcachofa a mi entrepierna. Me gustaba sentir cómo el agua masajeaba mi almeja mientras mis manos se encargaban de acariciar mis tetas. No sé cuándo se abrió la puerta del cuarto de baño pero sí escuché cómo la mampara de la ducha se abría. No me asusté. Sabía quién era. Lo sabía perfectamente. Lo había intuido cuando volvíamos a casa, cogidas por la cintura. La mano de Susana, al meterse en el bolsillo trasero de mi pantalón y amoldarse, cariñosa y complaciente, a la redondez de mi culo, me lo había susurrado”.

“Decidí permanecer con los ojos cerrados, esperando que fuera ella quien siguiera dando los siguientes pasos. Sentí su presencia detrás de mí. Lo primero que noté fue el roce de sus pezones en mi espalda. Lo segundo, la presión de sus tetas y la rozadura de su vello púbico en mis nalgas. Con una de sus manos apartó mi melena y comenzó a besarme el cuello y a mordisquear el lóbulo de mi oreja. ‘Deja eso’, dijo, y, cogiendo la alcachofa de la ducha, la colocó en la pared para que el agua cayera sobre nosotras. Su mano en mi entrepierna me hizo estremecer. Sus dedos se paseaban por mi coño arrancado de él chispazos de un placer que poco a poco fue haciéndose más intenso, sobre todo cuando los dedos de Susana se detuvieron en mi clítoris mientras ella, con la otra mano, se dedicaba a explorar mis tetas y a pellizcar mis pezones al tiempo que me mordisqueaba el cuello, el lóbulo de la oreja y me susurraba al oído ‘hoy vas a saber, Martita, lo gustoso que es que te coman el coño’. Todo ello mientras se pegaba a mí y frotaba sus tetas contra mi espalda y mientras refregaba su pubis contra mis nalgas”.

“Me corrí, claro. Me corrí allí mismo, de pie. Sentí cómo mi coño se licuaba y cómo mis jugos bajaban piernas abajo camuflados con el agua que no dejaba de caer sobre nosotras, y, cuando pude recuperarme y me di la vuelta, me encontré con la boca de Susana que buscaba la mía. Nuestras lenguas se trabaron en un beso larguísimo mientras mis pechos y los suyos parecían querer fundirse en uno solo. Noté sus pezones duros rozar los míos y los descubrí oscuros y perfectos, guindas deliciosas que quise morder y que mordí mientras el agua caía sobre nosotras y mi mano, inexperta y alocada, buscaba la entrepierna de Susana. Pero ella me detuvo cogiéndome por la muñeca. ‘Todo a su debido tiempo’, me dijo: ‘¿qué te parece si nos secamos un poco y nos vamos a la cama. Mi lengua está deseando saborear tu almeja’”.

“Nos secamos a medias. Cuando llegamos a la habitación volvimos a besarnos. Me gustaba la humedad de su lengua, su frescura, su morosidad al trabarse con la mía, su pausado hacer, su modo de amoldarse a los huecos que la mía le iba dejando… Susana, empujándome suavemente, me fue llevando hasta su cama. Cuando llegamos a ella, hizo que me tumbara. Ella, recostada de medio lado, me besaba, me acariciaba el cabello, metía una de sus piernas entre las mías, la movía lentamente sobre mi coño, lo frotaba. Éste despertó de nuevo a la humedad y lo hizo más aún cuando los labios de Susana se posaron sobre mis tetas, cuando sus dientes apresaron suavemente mis pezones, cuando tiraron de ellos mientras, con su mano, acariciaba mis nalgas, mi entrepierna, mi potorro, que ya empezaba a prepararse para recibir la visita que no tardaría en llegar: la de aquella lengua que se entretuvo en mi ombligo y que, esquivando el delta de mi pubis, bajó por mi ingle esquivando esa grieta empapada que la reclamaba, avanzando poco a poco, mientras su dueña me separaba las piernas y llevaba su lengua hacia ese punto equidistante entre el coño y el culo al tiempo que colocaba un almohadón bajo mis nalgas para, así, conseguir que quedaran bien expuestos, a los caprichos de su lenguas, vagina y ano”.

“Fue éste el elegido primeramente por la lengua torturadora de Susana para ejecutar su danza enloquecedora, su baile embriagador. Sentí su lengua caracoleando en mi culo, sentí su saliva empapándolo, sentí su dedo jugueteando con él, relajándolo mientras Susana me escupía justo en ese punto en que el placer y el dolor se retan a duelo”.

“Estuve a punto de correrme cuando el dedo de Susana se hundió en mi culo mientras su lengua realizaba un rápido y ligero viaje por mi coño. No sé cómo pude evitarlo pero lo hice. Me contuve apretando los dientes. Cuando los destensé, fue sólo para decir `cómemelo entero de una puta vez’. Lo estaba deseando. Y Susana, al fin, dedicó su lengua al cumplimiento de lo que yo, entre gemidos, le estaba reclamando”.

“Sentí cómo su lengua se demoraba en la ascensión por la sima de esa grieta que, entre mis piernas, dejaba escapar toda la lava que fluía de mis entrañas en ebullición. Entre los labios de mi coño, la lengua de Susana se paseaba a su antojo, sin prisas, saboreando cada rincón, cada milímetro de aquellos labios que se me iban inflamando cada vez más mientras ella, con los dientes, delicadamente, cogía cada uno de ellos como si deseara comprobar hasta qué punto podían dar de sí sin desgajarse de aquella entrepierna que estaba enloqueciendo de placer. Mientras su lengua lamía y relamía mi coño, el dedo de Susana seguía dentro de mi culo, dibujando obsesivamente círculos dentro de él”.

“Cuando la lengua de Susana llegó a mi clítoris, el dedo gordo de su mano se introdujo en mi `vagina y entonces, mientras me absorbía aquel botoncito mágico que se estaba convirtiendo en una especie de pene en miniatura, de duro y erecto como estaba, empezó a meter y sacar al unísono sus dos dedos, uno en mi culo y otro en mi coño, llevándome a un paroxismo que me hizo retorcerme de gusto mientras me corría y mis caderas, como si fuesen partes de mi cuerpo que se hubieran revelado contra mi voluntad y actuaran a su antojo, daban los empellones necesarios para conseguir que la boca de Susana se pegara a mi almeja como una lapa”.

(Continuará)


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