El pene de K

Tras mi primo fueron otros muchos los hombres que pasaron por mi vida, la mayor parte de ellos hombres emocional y absolutamente prescindibles. Pasaron por mi vida sin pena ni gloria dejando tras de sí tan sólo el recuerdo de un modo especial de acariciarme, de una forma de besarme, de un estilo peculiar al sujetarme la cabeza mientras hundían su polla en mi boca, de una manera personalísima de comerme el coño

Sólo uno de entre todos esos hombres me marcó sentimentalmente y ha dejado una huella indeleble en mí. Sólo a uno me enganché como se engancha una adicta a una droga dura. En mi caso esa droga, de la que yo cada vez necesitaba mayores dosis, era su polla, una polla grande, dura e indomable que me llevaba al éxtasis y me hacía bordear las lindes de la locura cada vez que, victoriosa y casi sanguinaria, entraba dentro de mi cuerpo.

La primera vez que K me la metió por el culo pensé que me iba a morir de dolor. Y eso que mi culo, como ya he contado, no era nuevo en esas lides. Pero la polla de K no era de este mundo. Y su furia al follar tampoco. Al metértela, K daba la sensación de que quisiera metérsela al mismo tiempo a todas las mujeres del mundo. O de que quisiera vengarse en tu culo o en tu coño de alguna ofensa alguna vez recibida por alguna otra mujer.

El cipote de K era un vergón brutal y desalmado como brutal y desalmado era él en la cama. Un mal bicho, el puto K, pero un excelente amante. Cuando K me dejó (cosa que yo había intuido que haría desde la primera vez que sentí cómo su polla separaba los labios de mi coño hasta lo indecible), me costó regresar a un sexo más normal, menos salvaje. Echaba de menos sus despiadados cachetes en el culo, su manera de pellizcarme los pezones mientras me sodomizaba, su cara de desprecio cuando me rociaba la cara con su leche. Echaba de menos su manera de recuperarse tras un polvo que a mí me había parecido insuperable y que me había dejado con las piernas temblando. Echaba de menos su manera de irrumpir en la ducha para sodomizarme allí mismo, de doblarme sobre la mesa del comedor, de bajarme las bragas, su sonrisa maligna y esquinera cuando me ataba a la cama y, abierta de piernas, sumisa y esclava, con los ojos vendados y la boca taponada por una mordaza, me metía un calabacín por el coño mientras con la punta de su rabo me golpeaba los labios, que suplicaban por liberarse de aquella mordaza y por abarcar y deglutir aquella carne excelsa que él, finalmente, y tras quitarme la mordaza, metía en mi boca sin consideraciones, sin pensar ni por un momento en mis náuseas, en mis arcadas, sin imaginar siquiera que toda aquella lechada que vertía dentro de mi boca pudiera ahogarme.

En alguna ocasión las corridas de K eran tan copiosas que llegué a pensar que el muy hijo de puta se estaba meando dentro de mi boca. Después de todo, ya lo había hecho alguna vez sobre mis tetas o sobre mi espalda. ¿Qué le impedía hacerlo alguna vez dentro mi boca? Yo, al fin y al cabo, nunca le hubiera dicho “no hagas eso”. Yo, en aquellos tiempos (y pienso que ahora volvería a serlo si volviera a mi lado) era absolutamente dependiente de él; era su sumisa, su esclava, la perra que lamía sus botas y esperaba su regreso a casa para que me diera la ración de comida y bebida que me mantenía viva, mi ración diaria de polla.

Nacida para el deseo

Fue la marcha de aquel cipote sin parangón ni medida la que me llevó al diván del cretino de mi psicólogo. Exceptuando en esa ocasión, nunca he necesitado de los servicios de un curaneuras para recuperarme del fin de una relación ni nunca he sentido de manera especialmente intensa eso que se llama pena. Es más: no creo que muchas de mis aventuras sexuales tengan ni hayan tenido mucho que ver con lo que la gente conoce como relación sentimental. De hecho, nunca he necesitado enamorarme de un hombre ni sentir algo especial por él para gozar de su anatomía.

Uno de mis amantes me dijo una vez que esa manera de concebir la relación sexual no era muy femenina, que las mujeres, por regla general, necesitaban sentir algún tipo de conexión sentimental para gozar del sexo. No sé si eso es verdad o no. No sé qué debe sentir una mujer femenina o una mujer prototípica o una «mujer comodiosmanda» para follar con un hombre y para gozar como una loca al hacerlo. Yo sé lo que siento yo y sé lo que yo necesito sentir para hacerlo: desear. Sólo desear. Y es que yo soy, básicamente y en resumen, una mujer que ha nacido para desear y gozar. El deseo es mi manera de relacionarme con el mundo y con la vida. Para mí la vida sólo tiene sentido si existe el deseo y si éste, encendido, tiene la posibilidad de transformarse en gozo. Y el sexo es, sin duda y siempre que una se lance a él sin tabúes ni miramientos, la forma más clara y placentera de expresar el deseo y la forma más directa e intensa de gozar.

El deseo, ese deseo que se plasma en el endurecimiento de mis pezones y en la repentina y ardiente humedad que se apodera de mi coño, puede despertar en mí de múltiples maneras. Puedo sentir su desperezarse al observar una caída de ojos, al mirar unas manos, al intuir un bulto como Dios manda debajo de los pantalones de un hombre no necesariamente atractivo o al imaginar en el hombre que habla conmigo una mentalidad erótica llena de suciedad y depravación. Eso, y mi regular atractivo (puedo presumir de unos labios carnosos que hacen soñar a los hombres con fantásticas mamadas y de un culo ciertamente excitante y provocador, aunque debo de reconocer que en mi contra juega el hecho de que mis pechos no son nada del otro mundo, un poco tubulares para mi gusto y un poco separados para que puedan lucir bien en un escote) me ha permitido gozar de una intensa y variada vida sexual.

A modo de currículum sexual

He follado con auténticos cretinos con los que no hubiera ido de viaje ni al pueblo de al lado. He follado con hombres que iban de machotes por la vida y que, llegada la hora de la verdad, ésa en que las palabras están de más y son los cuerpos los que deben certificar lo que hasta ese momento sólo ha sido pura intuición, apenas me han resistido medio asalto. Tímidos irredentos a los que apenas he podido arrancarles una palabra mientras tomábamos una copa en el bar de la esquina se han crecido después y han visto crecer su autoestima mientras se corrían dentro de mi boca. Estiradísimos profesores con pinta de arrodillarse junto a su cama antes de ir a dormir para, allí, junto al cuerpo durmiente de su esposa, rezar un Padrenuestro, han bramado como ciervos en berrea mientras horadaban mi culo estudiantil. En decenas de ocasiones los hombres me han lamido los pies y en unas cuantas he lamido el culo de mi amante antes de meterle uno de mis dedos o algún falso cipote de silicona o plástico que, desapareciendo entre sus nalgas, le ha hecho vaciar hasta la última gota de semen que pudiera guardar en sus cojones. Por gozar, incluso he gozado del estresante placer de tener que atender a dos pollas a la vez.

A modo de curiosidad y de enseñanza para todas aquellas mujeres que lean esta confesión mía que sólo se hará pública si al final sobreviene el escándalo y todo el mundo acaba conociendo hasta qué punto he violado y emputecido la inocencia virginal de un adolescente, diré que, en una situación semejante a la que a mí me tocó vivir con aquellos dos hermanos gemelos que vivían en mi mismo bloque y que decidieron averiguar qué tal resultaría follarse al unísono a la vecina del tercero, lo mejor es siempre renunciar de antemano a controlar la situación y dejar que sean ellos, los dos hombres que te estén gozando en ese momento, quienes marquen la pauta sobre lo que hacer y no hacer, sobre lo que comerse y lo que no comerse, sobre lo que exponer o no exponer a la lujuria más o menos imaginativa de sus penes.

El resultado de dicha táctica resultó muy gratificante para mí. Mientras la polla de uno de los hermanos del 5ºC entraba y salía de mi culo con una insistencia machacona y febril, la del otro calibraba la profundidad de mi boca. Mientras yo saboreaba los testículos de uno de aquellos dos hermanos encelados, el otro empapaba sus labios con el flujo salino que su lengua hacía brotar de mi coño. Mientras yo me corría al sentir cómo la polla de uno llegaba hasta lo más profundo de mi vagina, el otro dejaba ir su lechada sobre mis tetas. Éstas, enrojecidas por tanto lamido, por tanta caricia y por tanto mordisco como me habían propinado aquellos dos hermanos que eran calcados hasta en el llamativo grosor de sus falos, agradecieron con un estremecimiento de placer aquella lluvia blanquecina como podría agradecer un campo agostado la llegada de la lluvia.

Continuará