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La candidata (Capítulo 3)

Yo, a estas alturas, estaba ya entregado a su capricho. Desde la cama pude ver cómo se desnudaba. Mis manos luchaban infructuosamente por liberarse de sus ataduras. Querían tocar aquella maravilla que se acercaba a la cama fijando en mí una mirada indescifrable. Querían magrear sus tetas, su coño, el interior de aquellos muslos recios y sedosos. Mis dedos crispados querían liberarse para meterse en su vagina, en la profundidad anhelada de su culo. Pero fueron sus manos las que actuaron. La venda. Era lo que me faltaba para convertirme en un esclavo de sus deseos: la venda en los ojos. Me los vendó, en efecto, y fue casi inmediatamente después cuando, con la respiración agitada por el anhelo y la inquietud, sentí aquella carne húmeda y caliente acercarse a mis labios.

-Come lo que te ofrezco –dijo.

Y yo obedecí. Y comí. Sentí como aquella carne húmeda y sedosa que ella me ofrecía se pegaba a mis labios, cómo se frotaba con ellos, cómo se iba inflamando. Imaginé que estaba sentada sobre mí, a pocos centímetros de mi boca, porque sentí cómo sus manos sujetaban mis muslos. Pensé que su boca debía estar a pocos centímetros de mi polla y que debía faltar muy poco para que sus labios se cerrasen sobre aquella ofrenda de carne que yo le ofrecía. Me equivoqué una vez más. Al parecer, en aquel momento, mi polla no existía para ella. Pero sí mi boca. Era lo único que Carolina Marín parecía querer en aquel momento de mí. Por eso seguramente siguió refregando su coño contra mis labios. Mi lengua lo buscaba y lamía. Y, al mismo tiempo, mientras lamía aquellos labios ardientes, buscaba el agujero mágico en el que tantas veces había soñado meter mi polla mientras mi boca y mi barbilla iban empapándose con el jugo inacabable que las entrañas de Carolina Marín iban derramando sobre mí. Qué maravilloso licor me ofrecía su coño. Sus frotamientos empezaron a acelerarse. También su respiración. Entonces lo sentí. Sentí cómo los labios de su vagina se contraían y dilataban, cómo sus manos se crispaban sobre mis muslos mientras a mi boca llegaba la catarata de su gozo. Carolina Marín se estaba corriendo en mi boca y mi boca sólo quería gritar una cosa:

-Déjame que te folle. Déjame que te folle.

Pensé que había llegado mi momento cuando Carolina cambió de postura y retiró su almeja dilatada y empapada de mi boca. Y en cierto modo fue así, pero no del modo que yo imaginaba. Sentí que salía de la habitación y pensé aterrorizado que iba a dejarme allí, con el rabo tieso, atado a la cama, obligado a pedir auxilio a gritos, esperando la llegada de algún vecino que escuchara mis gritos. Pero no. Volvió al cabo de un minuto. Sus manos acariciaron mis muslos, sus dientes mordisquearon levemente mis pezones, se metió uno de mis testículos en la boca y lo movió dentro de ella, paladeándolo, como si fuera un caramelo. Sus labios apenas rozaron mi cipote. Pensé que ya había llegado el momento en que esos labios se cerraran sobre ella cuando sentí aquel latigazo helado. Con un cubito de hielo Carolina Marín se encargó de arruinarme la erección. Lo refregó por mis cojones, tocó con él el capullo inflamado de mi polla, que se replegó mientras de mi boca salían insultos a mansalva. Creo que lo más bonito que le dije fue calientapollas. Su risa aumentó mi enfado.

-No seas tonto –me dijo-. Si te la llego a chupar tal y como estabas no me duras ni diez segundos.

Y entonces volví a sentir la maravilla, la boca de Carolina Marín poniendo a tono mi sexualidad. Su lengua lamía el tronco de mi polla, que fue recuperando su erección mientras sus dedos acariciaban mis testículos y realizaban pequeñas excursiones hacia las proximidades de mi ano demorándose en el perineo, cosquilleándolo, llevándome poco a poco hasta el delirio. Y pasó. Sentí cómo sus labios se cerraban sobre mi capullo, cómo su lengua lo lamía, cómo mi rabo iba entrando poco a poco en su boca. Carolina la hizo entrar y salir varias veces de ella. En uno de estos movimientos no pude resistir más. Sentí una ola de calor que me trepaba, desde los testículos, polla arriba. Y estallé. Carolina, que había presentido la llegada de mi orgasmo, dejó que aquella catarata de leche le mojara la cara, los labios. Con la mano completó su tarea, vació mis testículos de todas sus reservas de semen. Apenas quedó, al final, una gotita en la punta de mi rabo. Delicadamente, Carolina Marín la retiró con su lengua, su afilada lengua de candidata mitinera.

Después se levantó, me quitó la venda con la que había cubierto mis ojos, me mostró la imagen obscena de su rostro salpicado de semen, acercó su cabeza a la mía, se permitió un gesto de ternura acariciándome el pelo mientras, clavando su mirada repentinamente gélida en la mía, me dijo:

-Si cuentas algo de esto a alguien, todo el mundo en el Partido sabrá lo que haces con el dinero de las cuotas.

Callé, claro. Como callé mientras la veía limpiarse la cara con una toallita húmeda y volver a vestirse mientras pensaba que no sería capaz de marchar y dejarme allí, atado a la cama. No lo hizo. Antes de marchar desató una de mis muñecas. “Con eso te basta para liberarte tú solo”, me dijo. Y me dio la espalda. Vi cómo se marchaba meneando el culo, aquel culo que yo nunca perforaría pero que había estado tan cerca de mi boca. Ahora, tantos años después, cuando la veo en la televisión inaugurando obras o haciendo discursos en la sala de plenos del Ayuntamiento desde su butacón de alcaldesa, me pregunto si todo aquello sucedió de verdad, si en verdad yo un día devoré aquel coño, si en verdad mi polla se corrió en su cara. Quizás ahora podría contárselo a alguien, pero, ¿para qué?, ¿quién iba a creerme? Prefiero limitarme a recordarlo. Cuando lo hago, me masturbo expeditiva y apresuradamente. Y, cuando llegan elecciones, me acercó al colegio electoral y le voto. Religiosamente.

Fin


pie atado

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