Una mirada cargada de sentido

Estaba cantado. Hay cosas que, sin saber muy bien por qué, se intuyen con la seguridad con la que sólo pueden percibirse las certezas. En cuanto vi cómo cruzaban sus miradas supe que Carmen y Juan estaban liados. Un hombre y una mujer no se miran como ellos se miraron aquel día de Nochevieja al hacer chin-chin con sus copas sin haber compartido antes una cama. En aquella mirada cruzada entre Carmen y Juan titilaba el recuerdo de muchos besos, el rastro de muchas caricias y el brillo inconfundible de los que conocen perfectamente todos los rincones del cuerpo del otro. En aquella mirada se barruntaba una compenetración envidiable, un entendimiento que dejaría en harapos todo el que Carmen y yo habíamos llegado a alcanzar desde que, quince años antes, nos habíamos conocido y habíamos decidido, con unas prisas un tanto alocadas y un entusiasmo quizás algo pueril, convertirnos en marido y mujer.

Si he de ser sincero, constatar la infidelidad de Carmen no me dolió tanto como descubrir quién era el hombre que se ocupaba de proporcionarle lo que yo, al parecer, no era capaz de darle. En el fondo yo era consciente desde hacía tiempo, quién sabe si desde siempre, de que a Carmen, a mi ardiente Carmen, a mi siempre fogosa Carmen, a mi multiorgásmica Carmen, no le bastaba con la ración de sexo que yo le daba casi de una manera ritual cada semana, pero nunca pude pensar que, a la hora de buscar un amante, optara por encamarse con uno de mis mejores amigos.

Juan y yo nos conocíamos desde niños. Habíamos estudiado en el mismo colegio, jugado en las mismas calles y nos había desvirgado la misma prostituta cuando, hartos ya de pelárnosla al alimón en el comedor de su casa mirando revistas porno que su padre traía de la imprenta en la que trabajaba, decidimos traspasar la puerta del puticlub del barrio y solicitar los servicios de Lupita, una latina que nos recordaba a una de las mujeres que aparecían en aquellas revistas que Juan y yo hojeábamos en su casa, que nos hizo precio especial por hacérselo con los dos a un tiempo y que me hizo descubrir no sólo qué difícil resulta controlar la eyaculación cuando los testículos hierven de deseo y la experiencia es nula, sino también que mi amigo Juan estaba mejor dotado para la cosas del sexo que yo. Juan no sólo la tenía más grande (eso ya lo había comprobado en el transcurso de aquellas pajas al alimón con la que dábamos rienda suelta a nuestro ingobernable deseo de adolescentes), sino que, también, metido en faena, aguantaba más, algo que ya acostumbraba a hacer cuando nos la meneábamos el uno al lado del otro en el sofá de su casa y que también hizo aquel día, cuando juntos compartimos durante algunos minutos (tampoco demasiados, todo sea dicho) el cuerpo desnudo y cálido de Lupita. Aquel día, cuando mi pene, recién salido de la boca de aquella mujer de piel oscura y labios carnosos que nos había lavado y relavado la polla antes de llevarnos a la cama, era ya una cosa lacia de la que escurría un hilillo que parecía de baba, el de Juan, duro e hinchado, seguía percutiendo el coño de aquella latina que, a cuatro patas, se retorcía, no sé si con fingimiento o sin él, ante cada uno de los empellones que Juan iba dando con sus caderas.

Es curioso como ciertas imágenes quedan grabadas en el fondo de nuestra mente y resisten todos los vaivenes de vida. Y es que justamente fue ésa la imagen que vino a mi memoria cuando, aquella Nochevieja, contemplé el cruce de miradas entre él y mi mujer: la de un Juan con los 18 recién cumplidos aferrado a las caderas de una prostituta latina y metiéndosela hasta el fondo mientras, seguramente, ensayaba una de las posturas que, años después, cuando ambos hubiéramos entrado en la cuarentena, habría de ejecutar con la que desde hacía ya años era mi esposa y se había convertido en su amante.

Imaginar a mi mujer a cuatro patas recibiendo las embestidas de Juan desde la retaguardia mientras se reflejaban, quién sabe si en el espejo de nuestra habitación o en el espejo de cualquier apartamento por horas, me causó una extraña sensación. Por un lado, y de una manera lógica, sentí la rabia veteada de desencanto y tristeza de quien se sabe doblemente engañado. Por otro, al imaginar a mi amigo beneficiándose a Carmen, al pensar cómo su polla gorda y cuajada de venas entraba y salía del coño humedecido e inflamado de mi mujer, al imaginar la boca de ella ensalivando aquel glande que tantas veces había visto yo eyacular en el comedor de sus padres, sentí, y esto aún lo cuento con una pincelada de vergüenza tiñéndome el rostro, una especie de curiosidad, un orgullo malsano, un algo de excitación.

El cómo transcurrieron las cosas a partir de aquel momento demuestra qué sentimiento fue el que finalmente acabó triunfando de entre todos los que se entremezclaban a codazos dentro de aquel batiburrillo de emociones que me agitó hasta lo más íntimo mientras Carmen, Juan, algunos amigos más y yo brindábamos por el año que acabábamos de estrenar y yo intentaba interiorizar, con el mayor disimulo de que era capaz y con una sonrisa congelada en los labios, la recién descubierta infidelidad de mi esposa.

Empecé a contar las horas que faltaban para volver a casa. Necesitaba hablar con Carmen. Necesitaba aclarar si era cierto o no lo que había imaginado. Volví a hacerlo, volví a dibujar en mi imaginación al escena de los presuntos infieles juntos y, al volver a imaginar la polla de Juan entrando y saliendo del cuerpo de Carmen, sentí cómo la mía experimentaba un ligero estremecimiento y cómo, lentamente, comenzaba a ganar terreno dentro del calzoncillo. Decididamente, imaginar a mi mujer abandonada a los caprichos eróticos de mi amigo me excitaba. Y mucho.

(Continuará)